Esta re-entrada a Madrid ha sido la más significativa y la más cinematográfica.
A mi vagón de metro en camino del aeropuerto entró un compañero del master de la complu. Tenía rato de no verle y estuvimos alegremente conversando todo el viaje. En mi país (lo bueno de expatriarse es poder hablar como si la patria fuera de uno) encontrarse con gente conocida donde quiera que vas es muy frecuente. Aquí no tanto y me hace falta.
Decidí parar en la panadería para no volver a salir. Y allí sonó mi móvil y estuve un buen rato conversando con una amiga que es realmente una chispa de alegría que te contagia su entusiasmo cada vez que le oyes la voz. Llegue a casa exhausta, después de todo el día de autopistas, centros comerciales, terminales, aviones, buses, metros y panaderías.
Y luego de hablar alegremente con mi país para confirmar que había llegado al país donde ahora habito, me senté frente a la computadora. Si no lo han notado he estado un poco lejos de internet, lo que en mi caso es siempre saludable. Así que estaba yo en la intimidad de mi hogar en pantis frente a la compu — o en braguitas frente al ordenador, según preferencia dialéctica geográfica personal de cada cual.
De pronto sentí un ruido extraño que parecía como si alguien abriera la puerta de mi apartamento. Y yo vivo solita en soledad y ya estaba adentro. ¿entonces quien estaba entrando en mi casa? Como sé que un intruso no tendría llaves pensé que sería que estaba escuchando abrirse la puerta de algún vecino. Pero como sonaba tan cerca fui a ver. Es decir, di un brinco y toda mi sangre se fue a mis pies y por algún instinto prehistórico más fuerte que yo me acerque a la puerta. Con horror confirme que la puerta de mi apartamento se estaba abriendo. La única explicación “lógica” que mi cerebro pudo generar era que otros inquilinos se habían mudado a mi querido pisín.
El susto debe haber tomado unos cuantos segundos porque cuando la puerta se abrió pude ver a los dos guapísimos custodios de mis plantitas casi tan asustados como yo. Inocentemente venían a ponerle agua a las plantas, pero encontraron la puerta sin trancar y dentro una intrusa y había sido un día largo y no sé que cara tenía.
A coro preguntaron: “¿tú no venías el viernes?”
Con poca circulación sanguínea llegando a mi cabeza, conteste: “Nooooo, yo vengo mañana.”
Nos echamos a reír y nos reímos por horas. Aunque no haga ningún sentido, Madrid no se había sentido tanto mi casa como hoy. Y con sólo decir eso siento nostalgia de MI país.



