Hace un año estaba en el camino. No pareciera solo un año porque he logrado poner mi vida patas pa’rriba. No se si pude haber imaginado que estaría viviendo en Madrid. No podía pensar en nada porque me dolían mucho los pies. Y aunque me acuerdo del dolor, ya esta muy lejos. En cambio los bosques al amanecer, los eucaliptos, los viejitos que caminan veloces, la gente amable, las flechas amarillas, las flores, la lluvia ligera, cada una de las conchas en las marcas de los kilómetros, las notas que van dejando los peregrinos, lo bien que sabe un café a las 9 de la mañana cuando tienes tres horas caminando y sobre todo las conversaciones con la gente maravillosa que te encuentras por casualidad; todo esto se siente cerquita.
Estoy pensando regresar,
quien sabe hacer otro tramo,
tal vez hacer más,
quien sabe ir en bici,
en septiembre quizás.
No salen ampollas por soñar.



