La velocidad de los libros
Un lecor poco entrenado es, cuando menos, una persona prejuiciosa, un turista que siempre pregunta si el agua corriente es potable o si los taxistas de aquí o de allá son honestos. Alguien que en su inexperiencia solo espera que los trajes de la ficción se ajusten lo mejor posible a las mediddas de su cuerpo real. Para ellos un libro es un obejto incómodo, algo que necesita sostenerse y carece del mérito de poder se enchufado a alguna pared. Los lectores consecuentes, por lo contrario, prefieren comparar lo que están leyendo con lo que han leído, con una forma alternativa y válida de la realidad en la que el libro —no es casual que, en su aspecto formal, se mueva con el mismo bien aceitado mecanismo— es siempre una puerta.
Esto de un libro que me traje ahora que voy a estar alejada de la literatura. Un libro de cuentos de Rodrigo Fresán que se llama La velocidad de las cosas. Un libro maravilloso, de esos que aún antes de haber terminado quieres volver. Quieres ser, como Vila-Matas dice en la contraportada: “quien más veces ha releído La velocidad de las cosas, un libro escrito en clave infinita y en el que Rodrigo Fresán novelisa su vida, pero también nos cuenta lo que pudo haber pasado, lo que no pasó y lo ue ocurre cuando no se sabe si algo ocurrió alguna vez.”
Este libro definitivamente es una puerta abierta a estar siempre cerca y que además me tiene con muchas ganas de visitar argenitina. Aunque es un poco exagerado e inexplicable.

April 17th, 2007 at 7:00 pm
Tengo que conseguirlo.