La velocidad de los libros

Un lecor poco entre­nado es, cuando menos, una per­sona pre­jui­ciosa, un turista que siem­pre pre­gunta si el agua corriente es pota­ble o si los taxis­tas de aquí o de allá son hones­tos. Alguien que en su inex­pe­rien­cia solo espera que los tra­jes de la fic­ción se ajus­ten lo mejor posi­ble a las medid­das de su cuerpo real. Para ellos un libro es un obejto incó­modo, algo que nece­sita sos­te­nerse y carece del mérito de poder se enchu­fado a alguna pared. Los lec­to­res con­se­cuen­tes, por lo con­tra­rio, pre­fie­ren com­pa­rar lo que están leyendo con lo que han leído, con una forma alter­na­tiva y válida de la reali­dad en la que el libro —no es casual que, en su aspecto for­mal, se mueva con el mismo bien acei­tado meca­nismo— es siem­pre una puerta.

Esto de un libro que me traje ahora que voy a estar ale­jada de la lite­ra­tura. Un libro de cuen­tos de Rodrigo Fre­sán que se llama La velo­ci­dad de las cosas. Un libro mara­vi­lloso, de esos que aún antes de haber ter­mi­nado quie­res vol­ver. Quie­res ser, como Vila-Matas dice en la con­tra­por­tada: “quien más veces ha releído La velo­ci­dad de las cosas, un libro escrito en clave infi­nita y en el que Rodrigo Fre­sán nove­lisa su vida, pero tam­bién nos cuenta lo que pudo haber pasado, lo que no pasó y lo ue ocu­rre cuando no se sabe si algo ocu­rrió alguna vez.”

Este libro defi­ni­ti­va­mente es una puerta abierta a estar siem­pre cerca y que ade­más me tiene con muchas ganas de visi­tar arge­ni­tina. Aun­que es un poco exa­ge­rado e inexplicable.

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One Response to “La velocidad de los libros”

  1. David Álvarez Says:

    Tengo que conseguirlo.

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