Cuando era niña en casa teníamos un libro de Archibaldo. Se llama algo así como “Hay un monstruo al final de este libro.” Por supuesto a mi me daba un poco de miedo, con que digan monstruo me basta. Por la misma razón por la que me niego a ver películas de miedo. Las películas de miedo me hacen llorar del susto y por muchos muchos días después de haberlas visto. Era un libro con muchas ilustraciones y pocas letras. En cada página Archibaldo te rogaba que no pasaras la página, porque ya lo dice el título del libro “Hay un monstruo al final”. En realidad yo tampoco quería que pasaran las páginas, también me daba miedo. Esto fue aún antes de ir a la escuela.
Cuando fui a la escuela, más exactamente en cuarto grado, desarrolle un miedo que habría sido la ilusión de cualquier niño. Me daba miedo ir a la escuela. Más que miedo, me daba terror. Me ponía a llorar cuando mis papás intentaban abandonarme en la escuela. A mi mamá se le rompía el corazón. A mi papá, en cambio, le daban ganas de romperme a mi. Eventualmente logré superar aquel miedo petrificador, aunque no recuerdo exactamente cómo.
La cuestión es que en estos últimos días del master, me he sentido exactamente igual que cuando me daba miedo ir a la escuela. Me ha costado dormir y hasta respirar. Pero acabo de regresar de mi casi1 última clase y estoy a salvo. Lo que es claro es que me han salvado mis lecturas. Porque no dejo de pensar en Archibaldo que cuando llega el final del libro y se desvela que el monstruo en realidad es él mismo y que en realidad no había nada de que temer, se encoge de hombros y confiesa: “estoy tan apenado.”
- Tengo una clase más pero no es de las que me petrifican especialmente. [volver]



