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Leer para creer

24

Sep
2008

No Comments

In Leer para creer

By AnaMaria

ejercitando la poesía

On 24, Sep 2008 | No Comments | In Leer para creer | By AnaMaria

El ejer­ci­cio de mi taller de poe­sía era tomar una foto para hacer cua­tro ver­sos lar­gos y encon­trar la manera de salir uno en la foto. A mi todo esto de los ejer­ci­cios me encanta ¿será por qué suena a juego? En fin, que encon­tré una foto de Pené­lope en la por­tada de “el país sema­nal” que me encantó y use esa.

Des­pués de haber leído el pro­fe­sor sim­ple­mente me pre­gunto si había leído a Car­ver. A mi esto me pare­ció el cum­plido más grande en la vida, así que rápi­da­mente le dije que si, mucho. Y él: Si, pero ¿la poesía?

Yo no tenía idea que Ray­mond Car­ver escri­bió poe­sía, así que al día siguiente me des­perte y fui a la libre­ría. No tenían la edi­to­rial que él había reco­men­dado: Visor. Sino tenían la obra com­pleta de poe­sía de Bar­telby Poe­sía. Lo bue­ní­simo es que el libro tiene la ver­sión ori­gi­nal en inglés de cada poema.

En la intro­duc­ción Tess Gallagher, poeta que fue tam­bién su mujer dice: «Car­ver no escribe poe­sía de manera cir­cuns­tan­cial entre relato y relato, más bien al revés: la poe­sía es para él un cauce espi­ri­tual del que se des­vía para escri­bir sus relatos.»

Estoy real­mente encan­tada de haber encon­trado su poe­sía. Ha sido una sor­presa mara­vi­llosa. Aun­que ya he tenido dife­ren­cias de opi­nión con las tra­duc­cio­nes. Pero una edi­ción que no incluye la ver­sión ori­gi­nal, ni siquiera me per­mi­ti­ría eso.

Des­pués del salto va mi ejer­ci­cio. Aun­que la foto no la encon­tré en inter­net.

Blanco y negro, como si qui­siera des­pin­tarse. Es Audry Hep­burn, pero deses­pe­rada.
Con la línea negra, la som­bra, el correc­tor, el anti-ojeras. Y en los dien­tes, la rabia. Como si qui­siera des­pin­tarse o des­nu­darse.
A veces miro a las Muje­res Deses­pe­ra­das con envi­dia. Pené­lope y yo tene­mos exac­ta­mente la misma edad; menos de treinta y cinco.
Des­pués debe sen­tirse la verde vejez des­den­tada. No exis­ten las cre­mas para arre­glar gote­ras, ni para las mira­das des­nu­das y serenas.

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