
Aparte de los cables que habitan debajo de mi escritorio desde que llegué a esta casa he estado rodeada de kilómetros y kilómetros de cables viejos pegados a las paredes y al techo burdamente. Cada cable que paseaba pegado al zócalo con clavos plastificados acababa en un enjambre enorme que le hubiera permitido dar otra vuelta a la casa.
Los cables estuvieron allí por meses. En mi sala. En la oficina. En mi recámara. Y en todos los pasillos que comunican estas áreas. Y ayer, temprano por la mañana, una mañana de lunes, decidí que estaba harta.
Saqué los clavos con un alicate. Pocas cosas son tan gratificantes. Posiblemente lo sea demoler muros. Pero pocas cosas. Donde había molduras pegadas con adhesivo de doble contacto, bastaba con halar y se liberaba todo.
Luego en cada uno de los puntos por donde salían los cables, allí los cortaba. Para que ni se asomarán. Hasta que en medio de cortar, me costaba mucho trabajo, me di cuenta que el cable que cortaba no era viejo como los demás. No tenía años y años de polvo adheridos encima. No. Era reciente. De hace un par de meses.
Luego no tenía internet.
Pero ya está, cable nuevo, vida nueva. Y que me quiten lo arrancado.
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