Aprendes mucho cuando pasas un par de días sin voz. Aprendes que en algunas conversaciones no hace ninguna diferencia que tú hables o no. Unas por la bella razón de que hay gente que entiende perfectamente tus gestos, tu mirada o quizás te lee la mente. Puedes hacer hasta chistes.
Otras gentes da igual, porque no es que te iban a dar mucha oportunidad para hablar y alegremente siguen parloteando.
Alguien te cuenta algo, te mira, se acuerda que no puedes realmente contestar, es decir conversar. Y es como si parte de ti no estuviera allí. Es como mirar a alguien echarte en falta.
Con lo que gusta hablar uno se olvida que no puede hacerlo y es como cuando no hay luz y uno se pasea toda la casa encendiendo y apagando switches. Cada vez que entras a un cuarto la mano va en automático. Me di cuenta que todo el todo lo que canto. Todo el tiempo tratando de cantar. Le das a encender la luz, pero la lampara no cambia. La voz no sale. Solo puedes ver a media luz. Solo puedes estar a medias. Callada. Sin cantar.
Y tenía mil preguntas. Hipótesis. Ideas enormes que compartir, para construir. Pero se aprende más estando callada, posiblemente. Se aprende lo difícil que es callarse. Lo más difícil de callar: las preguntas. Porque primero decides que no vas a preguntar, igual. Pero empiezan como a hervir. Y en desesperación, se cuelan gestos y algunas palabras. Y terminan saliendo salpicones de preguntas, preguntas que no eran LA pregunta, pero que vale. Por lo menos llegan respuestas, que siempre sirven.
Esas respuestas son destellos de ideas nuevas, chispas de más preguntas y poco a poco se aviva un loco fuego. Una luz encerrada en un silencio. Que es lo que te lleva por fin, en desesperación, a escribir.
—–
Todo el tiempo recordando cuando en Sevilla enmudecí.
Echo de menos tu letra.
sniff
No nos conocemos, pero estoy suscrita a tu pagina, y Javier no lo pudo decir mejor. Extranamos tu letra.