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en mi piel, en mis pies

Estoy muy en mis pies. Muy en mi piel. Estoy muy aquí, tanto que ya no estoy. Que me voy.

Y no escribo, no dejó tinta como un cala­mar. Paso cal­mada, callada, pen­sando en otra cosa. Es rarísimo.

Camino por espi­ra­les men­ta­les entre guerreros.

Y entreno para un mara­tón, estoy segura que puedo hacerlo. No rápido. Es cues­tión de salir y andar hasta lle­gar. Si viera que no puedo lle­gar, pues nada, no llego y lo vuelvo a inten­tar. Estoy segura que puedo vol­verlo a intentar.

Lo que no sé es qué estoy haciendo con mi vida ni dónde voy. Suena tuit tuit todo. Todo suena a despertador.

El des­per­ta­dor suena y toda­vía esta oscuro. Estoy des­pierta, pero no veo nada. No sé dónde voy, pero estoy aquí en mi piel.

Estoy aquí, ahora y ya es mañana. La mañana aquí en mis pies.

 

A través

Para mi yoga es una manera de lle­gar a la mente a tra­vés del cuerpo. De cal­marla, callarla y otras veces ins­pi­rar y lle­narla. Creo que a tra­vés del cuerpo puede lle­garse qui­zás al espí­ritu. Es exac­ta­mente esa idea de la lite­ra­tura de cons­truir desde lo con­creto y pecu­liar hacia lo abs­tracto y universal.

Otra ruta, estoy segura, es la poe­sía. Son las pala­bras. El len­guaje que nos hace huma­nos y nos per­mite hacer nues­tro al mundo.

Ahora en este curso que estoy haciendo para ir más pro­fundo en el yoga, me he encon­trado con que ambas cosas se jun­tan. En que pue­des ir con un grupo a hacer yoga y acer­car­les a tus más ínti­mas ideas e intui­cio­nes del mundo. A tus auto­res más que­ri­dos y a esos ver­sos que lle­vas siem­pre contigo.

Y luego, mági­ca­mente te encuen­tras que no tie­nes tu libro de zen a mano y que en pala­bras de un poeta la idea de cul­ti­var la mente del “no sé”. Un idea cen­tral del zen. Dice:

Por eso tengo en alta estima dos peque­ñas pala­bras: “no sé”. Peque­ñas pero con poten­tes alas. Que nos ensan­chan los hori­zon­tes hacia terri­to­rios que se sitúan den­tro de noso­tros mis­mos y hacia exten­sio­nes en las que cuelga nues­tra men­guada tierra.

Es grande. Y es todo lo mismo. Se llega por muchos caminos.

La muerte no huele a Javi

Javi ha publi­cado su pri­mera novela. Se llama La Muerte No Huele A Nada.

Javier Mar­tí­nez Madrid no es mi mejor amigo en Madrid, es mi mejor amigo en esta gala­xia. Lleva las letras a otro nivel, a un nivel en el que me ha con­ver­tido en un Hada y ese es mi sueño desde que tengo 9 años. Así que si yo hablo de su novela, no va a ser con obje­ti­vi­dad, va a ser con el corazón.

Parece que cuando se escribe en la pri­mera per­sona a la gente le da muchas ganas de adi­vi­nar lo que hay detrás. Es fácil pen­sar que no hay fic­ción sino que un autor se pone allí a con­tar cosas que han pasado. Y viene todo eso de qué fue lo que “real­mente” suce­dió. Eso no viene al cuento por­que la fic­ción lo que real­mente hace es cons­truir: cons­truir un sen­tido que no tiene la vida y lle­gar a ver­da­des pro­fun­das que de dia­rio no se ven.

Un autor se pone en su obra, sea en pri­mera per­sona o no. Por­que el arte no puede salir de otro lado que del cora­zón y de las tri­pas. Y esta es, jus­ta­mente, una novela que va de des­tripe, de ese des­tripe que hace el amor.

Uno le busca sen­tido al amor y la pér­dida y se vuelve loco, se des­tripa o se entu­mece. Las dos pri­me­ras opcio­nes due­len pero la ter­cera mata. De la bús­queda y el dolor y las tri­pas salen nove­las como esta, nove­las que tocan un ner­vio uni­ver­sal. Y lo que ha logrado hacer Javi en esta novela es grande.

La his­to­ria engan­cha desde el pri­mer momento y tiene mucho de Madrid, mucho de miedo a enamo­rarse, mucho de deses­pe­ra­ción y mucho de pasión. Y no tengo otra manera de des­cri­birla y lo he hecho bas­tante mal, pero acá pue­den leer el pri­mer capí­tulo y hacerse su pro­pia idea.

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Punto aparte pongo una foto de Jonas, el nues­tro no el de la ficción—

 

convertir el estudio en una recámara

Si han visto apar­ta­men­tos con un agente de bie­nes raí­ces, han escu­chado ese asunto de que hay un estu­dio pero fácil­mente se puede con­ver­tir en una recá­mara. Entiendo que lo hacen por­que los pro­mo­to­res de los edi­fi­cios tie­nen algún bene­fi­cio al ins­cri­bir su pro­yecto con menos habi­ta­cio­nes, enton­ces dejan la habi­ta­ción sin puerta o algo así y lo lla­man estudio.

Pero tener un estu­dio en casa tiene enor­mes bene­fi­cios. Un estu­dio, como mi estu­dio de diseño que queda en una de las habi­ta­cio­nes de mi casa, es un sitio para nues­tros pro­yec­tos, para “estu­diar” opcio­nes y resol­ver pro­ble­mas crea­ti­va­mente. Tam­bién puede ser un espa­cio para tra­ba­jar con las manos, para coser o para dedi­carse a hacer pro­yec­tos de ins­truc­ta­bles.

Todos tene­mos men­tes crea­ti­vas y dis­tin­tos talen­tos. La vida se hace más rica si los per­se­gui­mos acti­va­mente. Si hace­mos espa­cio para dis­fru­tar nues­tras pasiones.

Vol­ver­nos gente del rena­ci­miento y desa­rro­llar nue­vas habi­li­da­des son bue­nas metas. Por qué no tra­ba­jar en ello en vez de echar­nos a dormir.

Si tus pasio­nes son lite­ra­rias pue­des ani­marte al taller de escri­tura que empieza este sábado.

De pie frente al escritorio

El lunes mien­tras leía este artículo, y digo mien­tras por­que no había ter­mi­nado de leerlo cuando había hecho el cam­bio, me mude de mi escri­to­rio de vidrio a uno impro­vi­sado con un librero para estar de pie.

Lo venía pen­sando desde que leí “Stand up while you read this!” Lo pri­mero que dicen es que no pue­des te sal­vas si corres todos los días. Me parece bas­tante intui­tivo eso de que los huma­nos este­mos hechos para estar de pie.

Ade­más de cual­quier efecto salu­da­ble de mejo­rar la pos­tura o la cir­cu­la­ción, encuen­tro que tra­ba­jar de pie tiene un efecto sobre la mente. Me siento más con­cen­trada, mejor enfo­cada y hasta más pro­duc­tiva. Como con cierta ener­gía adi­cio­nal. Los pri­me­ros días  no sentí nin­guna moles­tia. Fue hasta el miér­co­les que empecé a sen­tirme muy can­sada. Así que bus­que tareas para estar más tiempo sen­tada el jue­ves y hoy ya estoy com­puesta. Eso de ale­jarte un rato del escri­to­rio tam­bién ayuda.

Y que sor­presa encon­trarme que en un artículo sobre la Anto­lo­gía del Cuento Nor­te­ame­ri­cano de Richard Ford con que “Heming­way solía escri­bir de pie.” El autor, San­chez Mejía, hace un para­lelo con su experiencia:

[…]cuando empecé a escri­bir mis pri­me­ros cuen­te­ci­tos intenté escri­bir un par de ellos al estilo de Heming­way, tam­bién de pie. Mi madre, una hol­gui­nera in extre­mis como la mayo­ría de los hol­gui­ne­ros, me dijo: “¿Qué haces escri­biendo de pie? ¿Te has vuelto loco? En esta casa no se escribe de pie”. Qui­zás lo que le moles­taba a mi madre no era que yo per­ma­ne­ciera de pie con la vista per­dida o ras­pando el papel con devo­ción frente a un atril que mi padre, en sus esca­pa­das de la fábrica de embu­ti­dos, había cons­truido para mis pri­me­ros cuen­te­ci­tos. En reali­dad lo que le moles­taba eran mis extra­ños paseí­tos por la casa, en busca de la pró­xima ora­ción. Tal vez ella intuía que cuando se escribe de pie las ora­cio­nes no se con­ca­te­nan de modo natu­ral. Entre una ora­ción y otra hay un espa­cio muy largo que se resuelve con el silen­cio o con otras ora­cio­nes bre­ves, elíp­ti­cas, cada una recla­mando para sí su pro­pio tempo de lectura

Cuando me canso me voy a sen­tar en mi otro escri­to­rio a leer, a escri­bir y a dibu­jar. Y como estoy lejos de twit­ter, face­book y todo aque­llo, tam­bién siento que me con­cen­tro mejor. Me aleja tam­bién del impulso de lle­var un boceto direc­ta­mente a la compu y dar más tiempo a pen­sar sobre el papel. Para pen­sar ayuda mucho moverse. Cami­nar suelta las ideas.

Me gusta mucho la dis­tri­bu­ción del espa­cio ver­ti­cal. Tengo espa­cio para tener mi cua­derno justo frente al monitor.

El tablet con el teclado van en la siguiente tabli­lla. Tuve que ajus­tar estos para que los codos me que­den a 90 gra­dos, y se for­man unos nichos debajo donde pongo otras cosas que quiero tener a mano, como mi cal­cu­la­dora, ¡ca chin! Y espa­cio abun­dante para tener mi vaso de agua y mi café con menos riesgo de bañar el teclado.

Des­trás del teclado se asoma Proust que le da un toque poé­tico a toda el asunto.

En solo cinco días no sé si va a ser un estilo de vida que voy a adop­tar defi­ni­ti­va­mente, pero por ahora se siente bas­tante bien.

Feliz viernes mis queridos cuentistas

No tiene nada de malo, es más tiene todo de bueno. A mi me encanta. El len­guaje lo que nos separa de los otros ani­ma­les, es lo que nos hace huma­nos. Y tam­bién es lo que hace terri­ble­mente intere­sante com­par­tir cer­ve­ci­tas o curries con nues­tros más que­ri­dos ami­gos. Echar cuen­tos es lo mejor.

La otra semana arranca el taller para afi­nar cuen­tos.

Taller literario

Este verano orga­nizo un taller lite­ra­rio, se llama Leer, escri­bir y con­tar. Me tiene super con­tenta por­que me encan­tan los talle­res, inven­tar y coor­di­nar uno es una buena manera de par­ti­ci­par. En los talle­res se com­parte y se cons­truye mucho. Son todo ver­bos el nom­bre por­que se trata de crear, de trabajar.

Pue­den ver los deta­lles acá:

Taller literario en Panamá




Desde el 12 de enero, los miér­co­les de 6.30 a 8.30 pm

Tras los pasos de los poemas

Bor­ges des­pués de que­darse ciego escri­bió más que nada poe­sía, decía que lo iba hilando al cami­nar y podía recor­darlo una vez había vuelto (por su ritmo, por su rima y tam­bién por su brevedad).

Hoy me encon­tré con este artículo poe­tas y escri­to­res cele­brando con pala­bras sus paseos, sus anda­res, cami­na­res. Me ha encan­tado, pero no lo he ter­mi­nado de leer, por­que uno por allí cita a Teo­doro W. Adorno sobre correr:

En otro tiempo se corría para huir de los peli­gros dema­siado gra­ves para enfren­tar, y sin saberlo esto es lo que hace aún el que corre tras el auto­bús que se le escapa”.

No tenía idea que Adorno hubiese escrito sobre correr (y eso que leí ese libro). Él es difí­cil de leer, pero dice cosas genia­les. Aquí está la página entera, pone ‘Entre más apuro menos prisa’ (En mi tra­duc­ción per­so­nal de la ver­sión en inglés, aquí está en espa­ñol que pone Cir­cule des­pa­cio, y hay dife­ren­cias más gra­ves, así que ten­dré que apren­der alemán)

Correr nos aleja del cami­nar bur­gués.[…]
La dig­ni­dad humana insis­tía en el dere­cho a cami­nar, un ritmo que no es exhor­tado de un cuerpo domi­nado por el miedo. Caminar, andar eran for­mas pri­va­das de pasar el tiempo, la heren­cia de un paseo feu­dal en el siglo diecinueve.”

Dice que aun­que sea solo un vehículo, el correr desata las fuer­zas de la natu­ra­leza que nos lle­van a tras­cen­der la plá­cida segu­ri­dad con la que andamos.

Cuando alguien grita corre […] se deja oir la fuerza arcaica que, de otro modo, dirige silen­ciosa cada paso.”

Eso, que den­tro de noso­tros lle­va­mos un impulso que nos hace correr, que pre­cede a lo bur­gués. Correr viene de nues­tro lado más ani­mal. Cami­nar, en cam­bio, nos hace huma­nos. Esca­pa­mos al miedo y lle­ga­mos a la poesía.

Y todo eso me recuerda que no les había com­par­tido aquí que hace un tiempo me encon­tré con esta poe­sía, que es obvio que fue escrita por una maratonista:

Siem­pre ten pre­sente que:
La piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se con­vier­ten en años.
Pero lo impor­tante no cam­bia, tu fuerza y tu con­vic­ción no tie­nen edad.
Tu espí­ritu es el plu­mero de cual­quier tela de araña, detrás de cada línea de lle­gada, hay una de par­tida; detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mien­tras estés vivo, sién­tete vivo; si extra­ñas lo bueno que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos ama­ri­llas, sigue aun­que todos espe­ren que abandones.
No dejes que se oxide el hie­rro que hay en ti.
Haz que en vez de lás­tima, te ten­gan respeto.
Cuando por los años no pue­das correr, trota; cuando no pue­das tro­tar, camina; cuando no pue­das cami­nar, usa el bas­tón. Pero nunca te detengas.
— Madre Teresa de Calcuta.
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escribir entre textos

Cuando lees tex­tos buenos-deliciosos te dan ganas de escri­bir. Y casi que parece que algo se te pega, se te inyecta en las venas.

Pero cuando lees un texto malo-doloroso queda muy claro lo que no fun­ciona. Pue­des ver cosas q pro­ba­ble­mente fue­ron diver­ti­das de escri­bir, como que se sin­tió astuto el autor, pero q te sacan del texto. Qui­zás no están del todo entre­te­ji­das y te sacan de la escena, qui­zás sea que riman caco­fo­ni­ca­mente, qui­zás usan pala­bras raras de siete sila­bas como por ejem­plo “caco­fo­ni­ca­mente”. Qui­zás se siente como q no se han pen­sando bien lo que están tra­tando de decir.Tal vez para­cen vagos al no ponerle todas las letras a la pala­bra ”que.” O puede ser que suena que tra­tan de ser cómi­cos y no lo logran.

Pero tanto leer tex­tos bue­nos como tex­tos malí­si­mos sirve mucho para escri­bir. Abre los ojos y te da ganas de decir, de crear, de con­tar y de inven­tar. De repe­tir los ver­bos y valo­rar los silen­cios. Aun­que hay tex­tos tan bue­nos —tan bue­nos— que te dejan muda y tie­nes que espe­rar un par de meses para que se te olvide y te dejes lle­var por la her­vi­dera de cosas que qui­sie­ras contar.

Cuenta cuentos superestrella

Super estre­lla por supuesto que es una exa­ge­ra­ción, pero estoy muy con­tenta con mi pri­mera expe­rien­cia como cuenta cuen­tos ano­che. Hay pocas opor­tu­ni­da­des para que una nerd-literata-culturata tenga su momento así de can­tante de rockanroll.

Conté un cuento así como los que echo aquí y los que se echan con ami­gos entre cer­ve­zas. Pero la dife­ren­cia es que tenía un poquito de fic­ción. La forma de la fic­ción oral es alu­ci­nante y enseña mucho a escri­bir. Un buen con­sejo es nunca escri­bir algo que no te atre­ve­rías a decir. Y eso aun­que parezca muy sen­ci­llo, no lo es. Uno solo se da cuenta cuando lee esos tex­tos a per­so­nas que no son sus seres que­ri­dos y eso es lo que más se aprende de un taller literario.

Lleve como amu­leto mi cami­seta the This Ame­ri­can Life. Y en honor a The Moth —Sto­ries told live wit­hout notes— no llevé ni siquiera una bate­ría. Hay que ver que los pod­casts tie­nen MUCHA influen­cia en mi. Eso y que me ha tocado escu­char a bue­ní­si­mos cuenta cuen­tos.

En fin, que aun­que tuve pánico por días y más pánico ano­che pero la expe­rien­cia valió muchí­simo la pena. Lo más bello es que me invi­ta­ron por este blog. Lo cuál es como un enorme cumplido.

Ya que estoy de super buen humor y medio dor­mida por­que mi cafe­tera no arranca esta mañana, les voy a com­par­tir el video de Pecha­Ku­cha que aun­que no haya sido como cuenta cuen­tos, fue tam­bién muy pare­cido al rockan­roll. En cuanto a lo que yo puedo aspi­rar, por lo menos.

Enla­ces a otros cuen­tos de humo, más bien a los cuen­tos de los otros:

Dariéeeeeeeeeeen: Como aprendí a dejar de preo­cu­parme y amar el humo del cigarrillo

El relato de Paco Gómez Nadal.